
Si pudieras contestarme…
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This entry was posted on febrero 14, 2010 at 8:27 pm and is filed under Uncategorized. Puedes seguir las respuestas de esta entrada a través de sindicación RSS 2.0.
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febrero 18, 2010 a las 8:42 pm |
Te preguntaría si recuerdas la primera vez que estuvimos aquí los dos juntos. Era nuestra primera cita clandestina, porque nadie sabía que nos queríamos.
febrero 19, 2010 a las 9:29 pm |
Tu llegaste antes y aqui en este banco sentada me estabas esperando mirando entre las palmeras y movias la cabeza de un lado a otro, pero yo llegué despues y por detras de ti y como ahora te puso la mano en el hombro y al sentir la ligera presión de mis dedos, sobresaltada te volviste y ……..
marzo 10, 2010 a las 7:56 am |
en cuanto me viste, tus labios formaron una sonrisa.
abril 4, 2010 a las 8:09 pm |
Aquella sonrisa inció el camino que juntos hemos recorrido hasta aqui.
¿Recuerdas?
A partir de ahora serán mis recuerdos los que sustentarán el camino que tenemos por delante.
abril 16, 2010 a las 10:30 am |
Si te pudiera contestar yo te contestaría que si que recuerdo la primera vez que estuvimos aquí, pero recuerdo mejor la segunda. Te diría que recuerdo mejor el día, la noche, que comenzamos por segunda vez. El día, la noche en que conseguiste disipar mi niebla. Aquella niebla que me hacía invisible. Aquella niebla que se formó alrededor de mí en el instante exacto en que me senté en la silla por primera vez. Recuerdo aquel día, aquella noche, como si fuera hoy.
Recuerdo aquel local en el que a penas veía nada. Hubiese querido culpar al humo que lo envolvía todo y que comenzaba a irritar mis ojos, pero sabía que la culpa era de que el vaso que tenía delante estaba a punto de vaciarse por tercera vez. Escuchaba. Eso si seguía haciéndolo. Tenía que concentrarme para cribar entre el murmullo y la música tu voz, pero el esfuerzo merecía la pena. Me encantaba, me divertía, me interesaba, me intrigaba. Disfrutaba hablando contigo. Como lo añoro. Ya entonces, hacía tanto que nos conocíamos que en ocasiones manteníamos conversaciones silenciosas, como ahora. La diferencia es que aquellas eran voluntarias y estas impuestas por mi enfermedad. Hubo un tiempo, en aquella noche ya era un tiempo lejano, en que habíamos disfrutado de algo más que las conversaciones. Pero solo cuando dejamos de ser novios, descubrí lo apasionante que podía ser escuchar y hablar. Los dos años que habíamos salido juntos utilizábamos las palabras para atraer y ser atraídos. Todo eso fue antes de que enfermara claro. En aquella época en que los chicos se giraban a mi paso. Ahora no solo los chicos se giran a mi paso, pero ya nadie lo hace como entonces. Ni siquiera tu.
En aquel pub donde nos habíamos citado, como dos exnovios que mantienen una cordial amistad, el humo amenazaba, por momentos, con solidificarse y extender el picor a todo mi cuerpo. Seguía sin ver con nitidez lo que me rodeaba. Necesitaba tomar el aire o terminaría vomitando.
¿Salimos fuera? – te pregunté.
Claro – contestaste.
Al comenzar a moverme dejé de notar el humo para sustituirlo por esa niebla que sentía alrededor de mi cuerpo. Una niebla que ocultaba mi cuerpo a los demás y solo permitía ver mi silla de ruedas. La clientela del local hizo un pasillo para dejarnos pasar. Un pasillo dentro del estrecho pasillo al que se reducía el local de copas, a pesar de ello, varias veces, las ruedas hicieron presa en los pies patosos de los clientes, que se disculpaban sin motivo. En las caras vi esa palabra que tanto daño me había hecho desde que quede postrada “pobre”, solo había otra que me dolía más pero que por desgracia cada vez escuchaba, escucho menos, “pobrecita”.
Fuera la visión seguía espesa.
Me apetece pasear para despejarme – propuse.
Claro.
Eras mi consuelo, al menos tu habías dejado de ver la silla de ruedas y me veías a mi. No como antes, pero me veías. Contigo no me sentía invisible. Cuando viniste a visitarme al hospital – que sorpresa después de años sin vernos- también vi reflejada en tus ojos la niebla de lástima. Por suerte, con el paso del tiempo, habías aprendido a atravesarla para poder encontrarme. Lástima que ahora la niebla se haya solidificado en un tempano de hielo. La incomunicación.
Aquella noche, en aquel paseo, el chirrido del eje acompañó al silencio que necesitábamos, yo para disimular mi embriaguez, tu para preparar la pregunta. Llegamos aquí. Supongo que lo hiciste a propósito. Nunca te lo pregunté.
Lucía. – me dijiste.
¿Qué?
Silencio. No me mirabas.
¿Qué quieres? – insistí.
Hace tiempo que quiero preguntarte algo y nunca me atrevo.
Pregunta.
¿Tu te acuerdas mucho de cuando eramos novios? – me preguntaste.
¿Cuánto es mucho?
No se, mucho. Todos los días, bueno eso debe ser muchísimo. Todas las semanas.
Buf, no se. Supongo que hay semanas que me acuerdo varias veces y otras que no me acuerdo.
Pero, aunque sea de vez en cuando, ¿te acuerdas? – insististe.
Si de vez en cuando me acuerdo.
Y. ¿Guardas buenos recuerdos?
Silencio. Ahora era yo la que no te miraba.
Dime, ¿guardas buenos recuerdos? – insististe.
Claro que guardo buenos recuerdos. Fuimos muy felices.
Pues es que te quería preguntar una cosa.
A ver dispara.
¿Te quieres casar conmigo? – seco y directo.
De nuevo silencio. La borrachera desapareció, la silla desapareció, la niebla desapareció. Sentirse de nuevo, por fin, una mujer. No una mujer en silla de ruedas. Una mujer. Tardé en contestar, quería y necesitaba saborear este momento. Me mirabas. Tus mejillas cambiaron de color. Se volvieron anaranjadas. Aunque tal vez simplemente era el efecto de la luz de la farola. Hubiese postergado eternamente la respuesta pero tenía que contestar. Pensé en alargar los brazos, cogerte por el cuello y plantar un beso en los labios pero temí que todo fuera el sueño de una borracha. Te miré y por fin contesté.
julio 4, 2010 a las 8:14 pm |
El silencio pareció eterno, no quería contestar pero tampoco podía hacer como si no lo hubiese escuchado. ¿Cómo se le ha ocurrido si quiera preguntármelo?
― No Alfredo, lo siento. Durante mucho tiempo soñé con este momento. Pero hace tanto… yo era otra persona, estaba tan enamorada… debes entender que no quiera compartir mi vida contigo. Durante el ingreso, los viajes en ambulancia y las largas sesiones de rehabilitación el amor se fue transformando en… aún no he podido entender como fuiste capaz de tirarme por las escaleras. Al principio te disculpaba, “le puse nervioso, no debí hablarle mientras veía el fútbol, siempre soy muy inoportuna” me decía. Pero ahora no, nadie tiene derecho a creerse dueño de nadie. Hoy en día sólo estoy atada a ella, a mi silla, y así quiero seguir.
No debí contestarle, conocía perfectamente esa mirada. No dijo nada. Se puso en pie, de nuevo detrás de mí y empezó a moverme. El miedo me paralizó hasta las entrañas.
enero 14, 2011 a las 10:11 pm |
- No has debido hablarme así, ¿sabes? – la voz parecía extrañamente tranquila, monótona. Me pareció que, de alguna forma, no pegaba con esa mirada de reproche que había visto clavada en sus ojos.
La silla continuó avanzando lentamente.